lunes, 11 de junio de 2018

La fuerza de amar.- Martin Luther King


La fuerza de amar.- Martin Luther King.- Por Paco

Es la primera vez que comentamos en esta tertulia un libro de sermones. Tal vez debería disculparme por ello. Pero aunque la oratoria se practica poco, y la oratoria religiosa es hoy (en general) abominable, ha de recordarse que fue un arte floreciente en siglos pasados, y basta citar a Bossuet o Lacordaire para demostrarlo.

La cuestión de si es un género literario la doy por superada. Aunque es evidente que en la oratoria, los gestos, la entonación, el ambiente, son de gran importancia, es una obviedad que, antes de pronunciarse, un sermón ha de ser escrito, incluso cuando se improvise en parte. Podría compararse con el teatro, en el que el texto precisa, para llegar al público, la mediación de unos elementos (la interpretación, el decorado, las luces, etc.) que no son literarios.

Eso sí, como ocurre con el teatro, no es lo mismo leer la obra que verla representada. Aunque las ideas persistan en el texto, la oratoria busca provocar emociones que hagan al oyente receptivo a esas ideas que trata de transmitir. Y esto, en gran medida, se pierde cuando se leen los sermones.

Por lo demás, supongo que todos hemos sobreentendido que el libro era un pretexto para hablar de su autor y de la labor social y política que llevó a cabo.

Y es que el interés de Martin Luther King no estriba en su oratoria. Fue un buen predicador, sin duda, pero es lo que predicaba lo que nos interesa. Y más que lo que predicaba, lo interesante es que en su predicación expresaba el fundamento moral o lógico de su acción, que tiene características singulares y que, por tanto, merece nuestra atención.

Resumo los datos biográficos del reverendo King, para refrescar vuestra memoria.

Martin Luther King jr. (1929-68) nació en Atlanta, hijo y nieto de pastores de la Iglesia Baptista. Tras graduarse en Sociología (1948), entró en el Seminario y obtuvo el grado de bachiller en Teología (1951) y en 1954 empezó a ejercer como pastor de la Iglesia Baptista en Montgomery (Alabama). Allí surgió el movimiento de los derechos civiles, cuando la comunidad negra organizó un boicot a los autobuses en los que se practicaba la segregación racial (1955) que duró más de un año, y King fue designado para dirigir la acción. La forma en que la población negra enfrentó el reto, la combinación de recursos legales y movilizaciones, la eficaz organización de medios de transporte voluntarios para los negros, y su rechazo a todo acto violento, le dieron fama en todo el país, que aumentó cuando el Tribunal Supremo de los Estados Unidos (Diciembre de 1956) declaró inconstitucional la segregación en los medios de transporte.

King desarrolló luego otras iniciativas en favor de los derechos civiles de los negros, como la campaña por la integración racial en Birmingham (Alabama) (1960), la marcha sobre Washington (Agosto 1963) para reclamar una legislación de derechos civiles, o la campaña llevada a cabo en Selma (Alabama) para el registro electoral de los negros. Pese a ser objeto de represión policial y de atentados, mantuvo en todo momento su carácter no violento, y esto le valió a King, convertido en una celebridad internacional, el Premio Nobel de la Paz (1964). Y su campaña logró importantes mejoras legales como la Ley de Derechos Civiles (1964) y la de derechos de voto (1965).

Este comentario trata de recordar (con algo de retraso) el quincuagésimo aniversario de su asesinato que se cumplió el pasado 4 de Abril.

La fuerza de amar” reúne una serie de sermones que podríamos llamar “de campaña”, aunque incluye un corto estudio sobre la no-violencia (el último del libro) que no es un sermón. En ellos la cuestión racial, la discriminación sufrida por la población negra en el Sur de los Estados Unidos, es el centro, pero tan importante como eso es el fundamento de la campaña, es decir de la oposición a esta segregación, y este fundamento es estrictamente cristiano.

Nuestra época, tan descreída como (sospecho) es esta tertulia, ha tratado de separar la acción de King y su movimiento del fundamento religioso del mismo, pero no se puede. Un escéptico honrado como George Orwell ya lo señaló años atrás al hablar de Gandhi. No se podía entender a Gandhi sin su fundamento religioso, decía Orwell, por absurdo que éste pareciera. Y el movimiento de Gandhi, que para algún simplista estaba dirigido exclusivamente a la independencia (política) de la India, tenía, si se mira con más detenimiento, mucho mayor paralelismo con el de King, y no sólo por sus métodos. En realidad, la independencia era la forma de poner fin a un régimen de discriminación de la población autóctona por parte de los británicos, cuyas “ventajas” legales iban más allá de monopolizar el poder político.

Dicho esto, no puede pretenderse que un sermón sea un tratado, o que profundice mucho. Es, en su mejor acepción, “literatura popular”, prevista para transmitirse oralmente y no puede expresar demasiadas cosas. Siembra pequeñas semillas de pensamiento que deben luego fructificar en la mente de los oyentes. Y trata de mover a estos a la acción. Son los límites, por así decir “constitucionales”, de esta fórmula.

Otro aspecto interesante de esta obra es que es una expresión viva y todavía reciente de la fe cristiana, más auténtica y “real” que los doctos tratados teológicos o decretos conciliares contemporáneos. Me parece probable que los historiadores del futuro vean estos textos, de poca relevancia teórica, como la expresión del cristianismo del siglo XX, del mismo modo que las novelas de Dostoyevski expresan el del siglo XIX.

He dicho “poca relevancia teórica”, pero esto no implica desprecio alguno. Todos los textos (algunos desde el título, como el propio libro) otorgan la debida importancia a lo que es el centro de la revelación cristiana: el amor. No creo que haya que ser cristiano para reconocer que, en el centro de nuestra vida, el amor es lo que importa. Esta verdad puede ser, en parte, fruto de nuestra cultura (que es cristiana) pero la confirma nuestra experiencia. Y en lo único que, creo yo, podríamos diferir es en la acepción que demos a la palabra “amor”, entre la más alta o depurada o la más baja o rastrera.

Naturalmente, el “tema” del amor no agota el cristianismo. Y en los sermones de King se expresan otras creencias cristianas igualmente fundamentales. Por ejemplo, la creencia en la libertad, y de paso, su implicación en la cuestión del mal, que está presente en “Sueños destrozados”. Cierto sentido cristiano de la Historia se expresa en “La muerte del mal a la orilla del mar”, que contiene una aguda cita del historiador Charles Austin Beard, muy útil como guía. Quizá el sermón más completo sea el de “Las tres dimensiones de la vida”. Y, en fin, el alegato final de “Peregrinación a la no-violencia” además de convincente, reafirma el carácter religioso de su utilización.

Pero puedo comprender que el tertuliano medio tenga franco desinterés por el cristianismo o crea que el amor es una filfa inventada para alienarnos de las verdaderas cuestiones. Entonces, debatamos sobre cuáles son esas “verdaderas cuestiones” para vosotros, o sobre lo que os sugiere el libro o la actuación de su autor.

Respecto a ésta, en términos asépticos, diría que es, como todas las obras humanas, ambigua. Sin duda, mejoró la situación legal y social de los negros de Estados Unidos. Es posible que favoreciera la aparición de la violencia negra que se desencadenó en el periodo 1964-69, pero sería injusto reprochárselo a King, que no fue ambiguo, como lo han sido clérigos de otras latitudes, a la hora de condenar la violencia. Es posible que el mero paso del tiempo hubiera propiciado un cambio social similar, aunque más gradual. Pero, al menos en abstracto, se puede defender el derecho a reclamar lo que es justo, con medios pacíficos, más allá de esa “prudencia” que a menudo es la coartada de los inmovilistas encastillados en sus privilegios. 

Paco

 

¿Es “La fuerza de amar” un libro adecuado para nuestra tertulia?.- Por Enrique

Empiezo este comentario de modo inverso a como suelo hacerlo, es decir, resaltando primero mis conformidades o disconformidades sobre el libro con el comentario del ponente. En este sentido estoy absolutamente de acuerdo con las siguientes afirmaciones de Pi:

- La oratoria fue un arte floreciente en el pasado.

- El libro “La fuerza de amar” solo es un pretexto para hablar de su autor Martin Luther King.

- No puede pretenderse que un sermón sea un tratado o que profundice mucho.

- No creo que haya que ser cristiano para reconocer que, en el centro de nuestra vida el amor es lo que importa.

He leído “La fuerza de amar” por el interés que me suscitaba su autor, he de confesar que desconocía que se trataba de un libro de sermones, pues de haberlo sabido, no habría contribuido con mi votación a que saliese elegido, así que entono la mea culpa. En mi opinión el libro carece de interés literario, en el sentido creativo del término pues si afirmamos que este libro posee valor literario, debemos admitir que también lo tiene, “El Capital” de Karl Marx, por poner un ejemplo de una obra filosófica, económica y política; y creo que ni una ni otra deben ser objeto de una tertulia literaria. La fuerza de amar puede ser objeto de una tertulia sobre cristianismo, o sobre lucha por los derechos civiles, o sobre la cultura de la no violencia, pero no de una tertulia literaria como la nuestra.

Efectivamente al tratarse de sermones están dirigidos a los correligionarios y no se profundiza mucho en las cuestiones que se tratan, llegando a conclusiones sin un análisis previo de los distintos argumentos en pro y en contra, y por lo tanto son unas conclusiones sesgadas o amañadas, como ocurre en los siguientes casos:

- Habla del avance de la ciencia y de la técnica que han permitido una mejora en las condiciones de vida de los hombres, mediante la utilización de las máquinas, la luz eléctrica, el teléfono,…etc; pero también pone de manifiesto que los avances de la ciencia y la técnica son los causantes de los peores males, y pone de ejemplo las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki. La ciencia y la técnica no son buenas ni malas en sí mismas, lo que puede ser perjudicial para el hombre y las demás especies que habitan la Tierra es el uso que se haga de ellas. Afirmar como hace Martin Luthero que si el desarrollo científico está bajo el poder del espíritu de Dios, puede llevar al hombre a altos niveles de seguridad física y en caso contrario solo puede conducir a un caos mayor; es una cuestión de Fe, pero que además es de difícil puesta en práctica, pues ¿quien hace de intermediario entre el espíritu de Dios y los mandarios de la tierra, que toman las decisiones políticas y militares?.

- El autor se posiciona muy claramente contra el sistema político comunista, afirma que: “Bajo el comunismo, el alma individual está encadenada al conformismo, su espíritu es prisionero de la fidelidad al partido. El hombre es despojado de su conciencia y razón”. Esto mismo puede decirse de aquellas personas que siguen miméticamente los dogmas de una religión determinada, no se plantean si algunas de las actuaciones de sus líderes religiosos –intermediarios entre la deidad y el creyente- actúan de modo éticamente correcto, si realmente cumplen los principios originarios de la religión que practican. El socialismo como ideología en que se inspiró el comunismo es una ideología perfectamente válida, como lo son los principios inspiradores de la religión cristiana; otra cosa es la puesta en práctica de esos principios, es evidente que los países en que se implantó el comunismo no mejoraron las condiciones de vida de sus ciudadanos, y tampoco se consiguió una mayor igualdad entre todos los súbditos, sino que se convirtieron en regímenes políticos totalitarios, donde no existía libertad de expresión y en los que el partido único lo controlaba todo, hasta las creencias religiosas de los ciudadanos.

En fin, el autor en sus sermones lo justifica todo con la fuerza de espíritu que les proporciona a unas determinadas personas, el hecho de creer en los dogmas de la religión cristiana; ¿y por qué no en los de cualquier otra religión: la musulmana, el hinduismo o el budismo? Todas estas religiones cumplen, para entendernos “la norma ISO sobre religiones”, por lo que pueden ser equiparadas y equiparables en un plano teórico. El propio Pi afirma que “no hay que ser cristiano para comprender la importancia del amor en nuestras vidas”; ciertamente es muy importante que siempre tengamos presente esa hermosa palabra amor” y que la practiquemos en nuestra vida diaria, pero no necesariamente desde nuestra pertenencia a un credo determinado. Podría afirmarse que las religiones han evitado muchos desastres, injusticias, guerras, etc; pero un análisis histórico profundo nos llevaría con toda probabilidad a la conclusión contraria, ¿cuantas guerras se han iniciado en nombre del Dios verdadero? ¡el nuestro, por supuesto! y en contra del Dios de los otros o de todos los demás; nuestro Dios es Único, es Todopoderoso, es Omnipresente,…., ¿cómo va ha haber otro verdadero?. ¿Cuantas injusticias se han mantenido en nombre de una determinada religión? ¿cuantos atropellos se han efectuado con el consentimiento y el apoyo de una religión? (aunque de puertas afuera, se diga que se condenan los hechos, pero en el fondo los correligionarios suelen apoyarse entre ellos pues está en juego la supremacía de su religión).

Como dije al principio mi interés está en la vida personal y el ejemplo del autor, pienso que en su caso fue legitimo merecedor del premio Nobel de la paz, cosa que no ocurre en muchas otras ocasiones; y ello por la claridad en defender la igualdad entre todos con independencia de su raza, por la claridad en denunciar la actitud de la propia iglesia cristiana que ha ayudado a mantener esa situación injusta de segregación de la raza negra en la nación más importante del mundo, y hasta pasada la mitad del siglo XX, cuando la raza negra ha contribuido como cualquier otra a hacer ese país tan poderoso.

Con todo, no se debe despreciar la espiritualidad del hombre, máxime si como parece esta ha influido decisivamente en que hayan existido personas de la talla humana y ética de Mahatma Gandhi y Martin Luthero King.

Enrique

 
Contestando a la(s) crítica(s). Por Paco
 

Lo pongo en plural aunque de momento sólo hay una por escrito, porque me han llegado voces más o menos en el mismo sentido que no han pasado (todavía) a los escritos.

Podría defender, formalmente, que cualquier libro tiene un mínimo valor literario, es decir, es literatura. Pero, más bien, voy a tratar de argumentar que el interés literario trasciende al libro escrito. No leemos sólo para admirar o disfrutar la presunta calidad de un libro. Ésta puede derivar de la belleza del estilo, de la musicalidad de las frases, de la profundidad de la reflexión del autor, o de la originalidad de sus ideas, entre otros elementos. Pero, como dice Houellebecq en su último libro (“Sumisión”), lo esencial en literatura es que un libro nos permite entrar en contacto con otro espíritu humano. Y no sólo lo permite sino que lo hace “de manera más directa, más completa y más profunda de lo que lo haría incluso la conversación con un amigo” y ello con independencia de que viva o haya muerto, de que escriba en una lengua que no es la nuestra, etc…

Lo ideal es que el libro esté bien escrito y reúna elementos que le den “valor”, pero eso no es lo esencial, lo esencial es que en el libro esté presente su autor, y nos permita entrar en contacto con él.

Puedo entender que uno no tenga ganas de entrar en contacto con este autor (u otro cualquiera), pero no hay por qué negarle interés literario por ello, al menos en el sentido que yo le doy a la palabra. El sentido “creativo” al que alude Enrique, si se refiere con ello a “obras de ficción”, es muy limitado. Cosa distinta es que, por razones de gusto queramos limitarnos a ello. Nada que objetar. Pero no nos hemos impuesto ese límite hasta ahora.

Al proponer este libro no me basaba en su interés literario en ese sentido limitado. Ni es obra de ficción, ni de mucha profundidad. Pero en cambio sí da cuenta de las ideas que animaban a su autor y le llevaron por el camino que tomó a una lucha social relativamente exitosa. Ya veo que a algunos cuando se menciona la palabra “religión” les da urticaria, pero me pregunto si se podría entender la actuación de Martin Luther King omitiendo sus convicciones religiosas. Este libro es un testimonio, algo abrumador, de que no.

Ahora bien, la palabra “religión” tiene una ambigüedad esencial, pues no es sólo, como dice el Diccionario de la Real Academia el “conjunto de creencias sobre la divinidad”, sino, en un momento lógico previo, el reconocimiento por parte del hombre de que hay un ser supremo por encima del nivel humano. No es, exactamente, que se reconozca la “existencia” de Dios, sino que se crea que hay Algo superior al hombre que de alguna manera (oculta o misteriosa) gobierna el mundo que Él ha creado. Luego, sin duda, ese reconocimiento cristaliza en un “conjunto de creencias” y, cuando la cosa va a más, en una organización de los creyentes.

Digo esto, no por afán de catequizar, sino para que se entienda por qué las objeciones de Enrique no me parecen fundadas.

Así, por ejemplo, respecto de la ciencia, sobre cuya neutralidad podemos convenir, hay dos posibles posturas teóricas. Una, si reconocemos que hay un ser supremo (principio del Bien) al que nos sometemos. Entonces podremos aceptar (insisto, en teoría) que la ciencia se subordine a ese principio del bien. Otra, si creemos que son los criterios humanos los únicos que se han de tomar en cuenta. Entonces tendremos que aguantar que se utilice según los valores del grupo dominante, sean estos cuales fueren. A mí siempre me ha parecido malo el ejemplo de las armas atómicas (por diversas razones), pero los experimentos genéticos en la Alemania de Hitler muestran de manera clara lo que puede suponer subordinarse a “valores humanos” sin sujeción a una referencia más alta.

En cuanto a los problemas prácticos, que los hay y muchos, omito su discusión. Pero si negamos la premisa mayor, todo serán problemas prácticos, es decir, “caos”.

Por otro lado, lo que ya Lucrecio (anterior al cristianismo) afirmaba (“Tantum religio potuit suadere malorum”) es cierto: en nombre de la religión se pueden cometer los mayores males. Pero es en nombre de la religión organizada, y por eso antes he afirmado que el término religión era ambiguo. No más, por cierto, que otros como “Progreso”, “Estado de Derecho”, “Libertad” “Revolución” etc… en cuyo nombre, la Historia lo demuestra, se han cometido toda clase de tropelías.

Precisamente el interés de este libro es que da testimonio escrito de cómo la religión, por una vez, al menos, puede ser precisamente el origen de algunos bienes. Bienes, sin duda, relativos, porque están entreverados con otros males que provocan –no por gusto, sino por el principio de acción y reacción– por ejemplo, el propio asesinato de King. Que no siempre es así es tan obvio que no merece la pena discutirlo. Pero creo que hay que ponerlo de relieve cuando ocurre.

No voy a discutir el sermón sobre el comunismo, que, aunque es más que plausible, es también “de circunstancias”, ya que en parte responde a las acusaciones que se hacían a King de estar en favor de los comunistas.

Yo no creo que este libro, ni la actuación de King, esté animado por un sentido “proselitista” de defensa de dogmas o creencias concretas, aunque sí de principios que (me parece) son más compatibles con el cristianismo que con otras religiones “standard”. Por ejemplo, el de la libertad. Al menos en teoría, la libertad en el Islam no se predica (o no con tanto ardor), y ya me gustaría que saliera algún ayatollah a organizar una campaña para liberar de velos y sobre todo para reconocer sus derechos a las mujeres musulmanas. Es decir, que sólo “grosso modo” todas las religiones son iguales. Como diría Orwell: hay algunas más iguales que otras.

Siento acabar discrepando de nuevo de lo que dice Enrique: Es la iglesia cristiana (una parte de ella, si lo prefiere) la que ha contribuido a acabar con la segregación. Pero no porque la raza negra se lo merezca “por contribuir a hacer poderoso” a su país, objetivo que me parece irrelevante, sino porque los negros tenían derecho a las mismas libertades que los blancos, tanto si eso engrandecía a su país como si no.

En fin, acabamos de hablar de los crímenes del stalinismo a partir del libro de Lidia Chukovskaya, y no veo por qué no podemos hablar de la segregación racial partiendo de este libro. ¿Qué es más endeble, literariamente? Pues sí, lo reconozco, pero eso no lo priva de interés.

  Paco

lunes, 7 de mayo de 2018

Inmersión.- Lidia Chukóvskaia


Inmersión. Un sendero en la nieve. LIDIA CHUKÓVSKAIA. Por María



Lidia Chukóvskaia (San Petersburgo, 1907 - Moscú, 1996).

Su padre, Kornéi Chukovski fue escritor para niños, editor y crítico literario entre otras cosas. Lidia desde su más tierna infancia disfrutó de un ambiente culto, rodeada de escritores, artistas… amigos de su padre y de un entorno campestre en el golfo de Finlandia a cuarenta kilómetros de Moscú. En Recuerdos de la infancia Lidia nos relata como su padre durante los paseos por el bosque y por la orilla del mar a ella y a sus hermanos les relataba poemas y les hacía entender la maravilla de los ritmos de las palabras como fuente de saber y entendimiento de vida.

Su segundo marido fue Matvéi Bronstein, físico y pionero en su tiempo, arrestado durante La Gran Purga en 1937 y muerto un año después.

Mientras hacía cola en las comisarias y otros organismos estatales durante días enteros como otras tantas mujeres para saber de sus detenidos, Lidia conoció a Anna Ajmátova. De ahí nació Apuntes sobre Anna Ajmátova, tres volúmenes que contemplan tres décadas, desde 1938 hasta la muerte de Anna.

Apoyó a los disidentes con cartas abiertas en las décadas de los sesenta y setenta, por ello fue expulsada de la Unión de Escritores en 1974 ”Para todo individuo llega la hora en que la verdad lo coge por el cuello y se apodera por siempre de su alma”. Readmitida en 1988 y publicada la obra de su vida de exilio.

Escribió Inmersión entre 1949 y 1957, desde una nueva campaña de persecución contra el cosmopolitismo de rango antisemita, hasta el año que recibió la confirmación oficial de la ejecución de su marido.

“Diez años en un campo penitenciario sin derecho a correspondencia y confiscación de bienes”, ignoraba que era un simple eufemismo para designar su ejecución.

INMERSIÓN

Publicación original en ruso en 1967. En España por Errata Nature en noviembre de 2017.

Nina Serguéievna hace doce años que ha perdido a su marido (en la Gran Purga de 1937) y todavía espera la respuesta a lo que pudo pasar. Tiene el privilegio de disfrutar durante veinticinco días (entre febrero y marzo de 1949) en una casa de reposo por ser miembro de la Unión de Escritores con todos los gastos pagados. Dedica unas horas al día a traducir pero su verdadero objetivo es zambullirse en sus pensamientos y buscar la paz clarificando y aceptando su viudez. Comparte su estancia con escritores, periodistas, cineastas más o menos vinculados al régimen.

Su dormitorio se convierte en uno de sus refugios, en su casa, su descanso, sin tener que apartar cosas de la mesa para comer como en su casa de Moscú. Su otro refugio y descanso será el bosque porque tanto en él como en su cuarto se sumergirá en sus pensamientos unas veces acompañada o coincidiendo con alguien y otras veces sola y encontrará la respuesta a esa inquietud, serena ya, de mujer adulta e inconscientemente sabedora de su situación.

Nina no es una mujer conformada (sí serena pero no conformada), observa y no tiene interés en entablar amistades. Le vienen dadas por su empatía ante ciertas situaciones protagonizadas por personas. Aunque quiere pasar desapercibida, no puede reprimir hablar en ciertos momentos de los cuales luego se arrepiente. ”¿Por qué me había humillado sincerándome delante de unos extraños?” Muestra su desacuerdo con la aceptación del régimen estalinista. Su gran fuerza es la poesía, la poesía que contempla en la nieve, en el bosque, como forma de sumergirse para comprender la vida.

Coincide con personas, todas heridas por el pasado. El poeta judío enamorado de ella por su capacidad para la poesía, el periodista con quien comparte mesa, su amigo Bilibin con quien desea estar y ver, con quien comprende que pasó con su marido Aliosha y más tarde rehúye porque no comprende su conformidad, la mujer que ha dejado de tener noticias de su hermana, la joven condenada a una existencia sin posibilidades, el hombre gordo que perdió a su mujer y a sus dos hijos todos quemados…

El libro acaba con la vuelta a casa sin haberse disculpado con su amigo Bilibin por sus palabras “Es usted un cobarde” cuando lee su novela y compartiendo coche con él. Vuelve a su casa de Moscú con su hija adolescente Katia, con la claridad necesaria para seguir.

“Ese libro era yo, mi corazón angustiado, mis recuerdos que nadie podía ver”

“Todo lo que vive necesita fraternidad y yo también la busco. Escribo un libro para encontrar a mis hermanos, aunque sea en un porvenir desconocido.”

El libro es sencillo, elegante, contenido, poético… y se convierte en un bello relato. Escrito en capítulos en forma de diario, desde esa casa del bosque, contemplando ese paisaje helado, donde realiza esa inmersión para reconstruir su propia historia y la de otros muchos.

María



La poesía y el panfleto.- Por Paco.

Antes que nada, felicitar a Mª José por la propuesta de este libro, que he encontrado delicioso, y me ha hecho descubrir a una autora tan desconocida como valiosa. También por su excelente comentario, que me ha servido, entre otras cosas, para recordarlo, pues ya hace más de un mes que lo leí.

A las informaciones, muy completas, que da sobre el libro, sólo añadiré que, por lo que he buceado en Internet, parece que los dos protagonistas –la narradora y Bilibin– son un trasunto de la poetisa Anna Ajmatova y el escritor Mikhail Zoshchenko, que aquí es presentado con una faceta algo oportunista, aunque ambos sufrieron la represión del periodo final del stalinismo, y Zoshchenko, que murió en 1958, no tuvo siquiera la relativa rehabilitación que tuvo la poetisa poco antes de morir, en 1965.

Pero dejando de lado esto, que es sólo incidental, vayamos al libro.

Empezando por el final, la impresión general que me ha producido el libro la resumiría con tres palabras: Sensibilidad, Intimismo y Poesía. Todo el libro está informado de estas características, que son las de la narradora-protagonista.

La sensibilidad de ésta (que expresa sobre todo en sus descripciones de los paisajes y en especial del bosque) está resaltada por la distancia que hay entre esa especie de “oasis” en el que está y la vida cotidiana que ha dejado atrás. Aunque sólo hay alusiones a la vulgaridad de la vida cotidiana, son suficientes para que podamos sentir como ella el disfrute que le producen esas semanas de reposo por su contraste con la burocracia cotidiana que ha de sufrir por parte de la empleada de su finca (p. 17) o al oír a su odiosa vecina (p.46). Pero incluso en medio del oasis, la vulgaridad, la chatura de los otros pone de relieve una especial sensibilidad que contrasta con las frases triviales que ellos emplean: ¿“sobre gustos no hay nada escrito”? (p.57).

Podría poner muchos ejemplos, pero me limito a uno. La narradora tiene la suficiente sensibilidad para saber que, pese a todas sus penas, es una privilegiada, que puede pasar tres semanas de reposo y tiene derecho a cosas que a otros que la rodean se les niega. Sus relaciones con Liolka (pp. 155 y ss.) así lo indican.

La intimidad está presente en todo el libro, que parece narrado en voz baja, contarse en un susurro, como el de un arroyo. El acto íntimo por excelencia del libro, el que le da título, es esa “inmersión” en sí misma que intenta una y otra vez, la mayoría de las veces sin éxito. Y fantasea sobre ese libro, todavía no escrito, que tendrá ese título, añadiendo: ese libro era yo, mi corazón angustiado… (p.51)

(En su última novela, Sumisión, Houellebecq viene a concluir que en la literatura lo esencial es que [el autor] esté presente en sus libros…).

Pero intimidad es también privacidad, vida privada, y el libro está lleno de ella a pesar de estar surcado por las profundas grietas que la “vida pública” (la guerra, la represión) ha dejado en las vidas de quienes lo transitan, y en particular de la narradora. No sólo está lleno, es que expresa una aspiración, turbada por las circunstancias adversas.

No sé si la poesía es algo independiente de la sensibilidad y la intimidad o sólo es la suma de ambas. De ser esto último habría que decir que el todo es superior a la suma de las partes. Porque la poesía es, como mínimo, la expresión bella (y no sólo formalmente, con bellas palabras, sino bella en su concepción) del mundo que uno sólo puede captar a través de la sensibilidad y la intimidad.

El libro está trufado de cortas poesías de autores clásicos (algunos, contemporáneos de la autora) pero esto, aunque ambienta, da el clima de la obra, no es lo más significativo. Tampoco la expresión poética de la narradora aun siendo hermosa (así, por ejemplo, cuando demora ir a ver a Bilibin y dice “el bosque estaba lleno de su espera [la de Bilibin]” p. 90) es lo más significativo del clima poético en que se desarrolla el libro. Son sólo muestras de algo superior que escapa al análisis. Pero intentar desentrañar el misterio de la poesía es como tratar de descubrir el alma haciendo la autopsia de un cuerpo.

Nada de esto es la materia del libro, sino su espíritu. Pero esa materia, los temas argumentales que lo componen, están inmersa (¡curioso, me ha salido sin querer!) en esa especie de fluido poético, y es difícil deslindarla de él.

Al menos en la práctica. Sobre el papel, la disección (el análisis) siempre es posible. Está por un lado un tema, no cómico, pero sí ligero, casi juguetón, el de las relaciones entre la narradora y Bilibin. Hay trivialidad, hay profundidad y hay decepción. El desarrollo me ha parecido espléndido, y estamos lejos de poderlo conceptuar como amor, amistad o qué sé yo. Sin querer, o queriendo, la autora nos hace ver que las relaciones entre las personas son mucho más que las etiquetas con que las clasificamos. Lo que dice la narradora es expresivo, sin ser definitorio: El hombre es un “sistema cerrado en sí mismo” y he aquí que de pronto era como si la frente del otro se abriera y se pudiera ver lo que había detrás…(p.162).

El tema argumental principal está ligado al anterior, de manera sutil pero firme. Le podríamos dar el nombre de Aliosha, el desaparecido marido de la narradora. El tema Aliosha no es único, por descontado, sino el acorde más fuerte de un concierto en el que participan, de una u otra manera, casi todos los personajes: Bilibin en las minas, Weksler sin editor, encarando un futuro problemático, el gordo al que le quemaron la mujer y los hijos, la madre finlandesa con su niña muerta, incluso esos proletarios titulares de una dictadura que viven en la miseria, sin derecho siquiera a acceder a la biblioteca…

Es un material panfletario, quiero decir, da para hacer un terrible panfleto, pero la autora le ha dado un tratamiento literario. La poesía que domina todo el libro lo envuelve y aunque el alegato implícito que conlleva es brutal, no hay una expresa voluntad de denuncia. Son hechos –penosos, si– de la vida, pero no se recalcan, sólo se suspiran. Y, sin embargo, la impresión que produce en el lector (al menos en mí) es más fuerte. Y por eso me digo, aunque ésta es una conclusión sólo provisional, que la poesía es más eficaz que el panfleto. Comparad la suave narración de la protagonista con el irónico panfleto periodístico que ella misma recoge: Alcemos bien alta la bandera de nuestra fidelidad al partido bolchevique… (p.99).

Pese a todo, la conclusión es de un relativo optimismo. “Por extraño que parezca, esa noche dormí” dice la narradora cuando se entera de la muerte de Aliosha (p.98). “Al hombre gordo le quedaba un hijo. Y a mí Katiusha. Había que vivir” (p.114). Y esto recuerda (poesía, al fin y al cabo) al último verso de El cementerio marino de Paul Valèry: “Le vent se lève. Il faut tenter de vivre”. Estamos lejos de las negruras excesivas y de las truculencias.

Y todo esto (y mucho más que omito) en un librito de menos de 200 páginas, que se lee como quien bebe agua, por la sencillez del estilo, el encanto de una prosa que fluye con suavidad y sin artificios innecesarios. ¡Una delicia! 

Paco

Comentario.- Por Marina

En primer lugar también quiero agradecer a Mª José el descubrimiento de este libro del que he disfrutado mucho y comparto también con Paco la “Sensibilidad, Intimismo y Poesía” que destilan sus páginas. Además, en mi caso, como prácticamente toda la lectura la he llevado a cabo en el Jardín Botánico el contraste entre el paisaje recreado en la novela y el que yo estaba disfrutando ha sido muy agradable.

Después de leer los comentarios de Mª José y Paco, no queda mucho que decir salvo la posibilidad de debate. Pero sobre todo, en este caso, es difícil añadir algo después de la sorpresa final del “Postfacio” (o epílogo).

Es un libro conmovedor que va envolviéndote desde la primera página, desde que aparece ante los ojos la “nieve violeta” o el bosque del que la protagonista, nada más conocerlo, ”ya empezaba a sentir melancolía por nuestra inevitable separación“ y escrito con un lenguaje poético a pesar de contener una denuncia muy dura de la persecución que sufrieron tantos intelectuales en la época estalinista. Hay tanto dolor como belleza en el texto.

La autora, aprovechando la condición de escritora de Nina, su protagonista, introduce muchas referencias literarias perfectamente aclaradas por las notas a pie de página de Ferrán Mateo.

Me ha llamado la atención la coincidencia de la autora con escritoras como Virginia Woolf o Carmen Martín Gaite (“Una Habitación propia “, “El cuarto de atrás” o “Desde la ventana“) que reivindican la necesidad del espacio propio, dándose cuenta “del privilegio que supone para una mujer tener un cuarto sólo suyo y habitarlo como una liberación y no como un encierro”. Esa habitación, temporalmente propia, en la que la protagonista

“… por fin viviría sola por primera vez después de la guerra…

… podría reflexionar, encontrarme conmigo misma…

… aquí viviría veintiséis días con sus respectivas noches…”

El título de la obra alude a las sesiones de escritura de Nina (que combina con su trabajo de traductora), al momento de sumergirse en su memoria, de concentrarse en la narración y “si lograba llevar el cielo, la nieve y el aire a mi escritorio, la inmersión sería fácil, enseguida alcanzaría la claridad de visión adecuada”.

Quiere hacer memoria, reconstruir los hechos, recordar a las víctimas, liberarse de su propia pesadilla. Y, al mismo tiempo, a través de los personajes que conoce dibuja un retrato de una sociedad dominada por el miedo, la propaganda y la desinformación. Y a través de la relación con la gente del pueblo denuncia también las diferencias sociales entre unos y otros.

Muy especial es la relación que entabla con Bilibin, escritor, condenado al Gulag, que en sus conversaciones le dará las claves de la desaparición de su esposo, el significado de “diez años sin recibir correspondencia” y al que acabará acusando de cobarde, de mentiroso, de falso testigo ya que para ella es comprensible el silencio, la necesidad de callar para seguir vivo, pero es indigno que alguien se proteja sumándose a la mentira.

Al final, en un monólogo interior, como se destaca en el epílogo, llegará la compasión: “Me apiadaba de él, de mí misma y de todos”, “Rusia patria mía”.

Quería terminar con un comentario sobre la edición del libro que me parece impecable. Cuando lo localicé me sorprendió el nombre de la editorial, “Errata naturae”, que desconocía y la imagen de la cubierta. Los editores, Irene Antón y Rubén Hernández, la definen como una editorial independiente (y “terriblemente dependiente a la hora de editar”) dedicada tanto a la narrativa como al ensayo y destacan como rasgo distintivo que funciona muy bien, casi a su pesar, la imagen de las portadas. Tiene diversas colecciones y el libro que estamos comentando pertenece a la titulada El Pasaje de los Panoramas (número 49 de la colección) y alude a uno de los más antiguos pasajes de París abierto en 1799.

Marina


El terror del régimen de Stalin contado de modo ameno.- Por Enrique

 

“Inmersión” es un relato en primera persona de su protagonista principal Nina Sergueievna, a la sazón escritora y traductora de la URSS que en el año 1949 disfruta de unos días de descanso en un balneario; se trata de un balneario para escritores de la Unión de Escritores Soviéticos, situado al norte de la actual Rusia, parece ser no muy lejos de San Petesburgo (en la época de la narración Stalingrado). El lugar en el que se sitúa la casa de descanso tiene importancia, para comprender mejor lo que nos cuenta Lidia Chocovskaia. Se trata de un lugar imaginario, por la descripción geográfica se correspondería con Komarovo, población situada a unos 45 km de San Petesburgo, que perteneció a Finlandia hasta 1940; es un lugar costero en el que el régimen soviético construyó una serie de dachas (casas de descanso) para escritores, compositores, trabajadores del cine, etc; pero lo curioso es que el paisaje que nos describe la protagonista no se corresponde con el de Komarovo, sino con el de Peredelkino, un sitio de montaña situado al oeste de Moscú, en el que, antes de 1917, varios escritores habían construido sus casas de descanso, entre ellos: Kornéi Chokovsky (padre de la autora), Boris Pasternak (tan citado en la novela), Arseny Tarkovisky, y muchos más; Lidia Chocovskaia pasó temporadas de su infancia en la dacha de su padre; y en dicho lugar muchos escritores fueron detenidos en la gran purga de 1937.

A quienes no conocemos la geografía rusa este hecho nos pasa desapercibido, pero cualquier ruso que lea la novela reconoce que Lidia aunque dice que está descansando en Komarovo, en realidad se está refiriendo a Peredelkino, ello, junto a las similitudes vitales de la protagonista con la autora, ambas son escritoras y traductoras, a ambas les detuvieron sus maridos en la purga de 1937 y los ejecutaron; nos permite afirmar que Nina Sergueievna es la “álter ego” de la autora.

Este tiempo de descanso y de desconexión con la ajetreada vida de la capital, le permite a Nina reflexionar sobre las atrocidades del régimen stalinista, y sobre todo de anhelar la falta de su esposo Aliohsa, es lo que ella llama hacer una “inmersión”. Atrocidades que, sin buscarlas, se le ponen de manifiesto en las conversaciones con otros compañeros de estancia en el balneario (Bilibin, el escritor grueso y enfermo, Lidmila Pavlovna -la supervisora del balneario-, Liolka y su prima -la empleada de la tienda-). Y que además siguen produciéndose en tiempo real, durante su estancia (la detención de Weksler, por el simple hecho de ser judío), pues en ese momento se estaba llevando a cabo una campaña de odio y persecución hacia los judíos.

El relato está salpicado de una punzante crítica al régimen de Stalin y a su propaganda, que ensalza los grandes logros colectivos, pero que nada dice de la miseria y el sufrimiento de los camaradas, que por cualquier razón, h) o b), han caído en desgracia. Nina crítica abiertamente las tropelías del régimen, sirvan de ejemplo la siguiente reflexión de la protagonista, que hablando de los periódicos piensa:

- “Era curioso, me esforzaba en leerlos sin sacar nada de provecho. Podía hojearlos, eso sí, pero enterarme de algo, nunca. Las letras se combinaban en palabras, las palabras en renglones, los renglones en párrafos, los párrafos en artículos; pero nada se transformaba en ideas, en sentimientos o en imágenes” (página 30).

- “Después de una lista con <las obras preferidas por el pueblo>, <capaces de ejercer una gran influencia>, leí un párrafo sobre Pasternak, quien ajeno a las grandes hazañas del pueblo, prefería hurgar en su alma” (página 32).

Se ocupa de un modo especial de la crítica oficial literaria y del modo en que somete el régimen a los escritores a través de la Unión de Escritores Soviéticos. Y de nuevo surge la cita del gran maestro Pushkin, se hace referencia a una carta enviada por éste al poeta romántico Piotr Viazenski, en la que recrimina la indagación de la vida personal de los grandes hombres de la literatura, se refiere a la pérdida de los cuadernos de Byron (se trata de un diario), afirmando Pushkin que “los diarios son escritos íntimos, que solo satisfacen esa curiosidad que busca rebajar el genio al nivel de los mediocres”.

Comenta asimismo como la revista literaria oficial “Literaturnaia Gazeta” crítica y acusa a otra revista la “Znamia” por haber publicado “obras ideológicamente perniciosas y discutibles en el plano artístico, que atufan a cosmopolitismo y a desviaciones formalistas”. El régimen critica precisamente uno de los principales méritos de la creación literaria, su cosmopolitismo o universalidad; pues una obra literaria posee mayor valor cuando es capaz de ser leída, comprendida y sentida por cualquier persona, con independencia de cual sea su origen o cultura; para el Stalinismo esto era pernicioso; solo debía de escribirse por y para ensalzar las alabanzas de la URSS.

Resulta curioso el significado que Nina le da a la naturaleza (la montaña, los riachuelos, los árboles que crecen libres), que representa la pureza, la libertad; en contraposición con la ciudad (Moscú sobre todo) que representa un mundo gris, represivo, desalentador; sin duda está evocando no solo el paisaje, sino también los tiempos que ella de niña pasó en Peredelkino. Pero comprueba que la represión está también presente en el imaginario Bikovo, a cuyos habitantes no les conceden permiso para vivir en Moscú, donde los jóvenes podrían estudiar y mejorar sus vidas; y todo porque esta zona estuvo ocupada durante un tiempo por las tropas alemanas durante su asedio a Stalingrado; padecieron la ocupación alemana y luego eran vistos como unos apestados por el régimen de Stalin.

Nina Sergueievna mantiene siempre una actitud beligerante frente al régimen como ponen de manifiesto sus opiniones vertidas ante el crítico literario Klokov y el periodista Sergei Dmítrievich; mostrando abiertamente su comprensión hacia el poeta Solomón Mijoels, quien en ese momento era objeto de los dardos de los críticos oficiales; afirmando que todo lo que dicen los periódicos en su contra es una pura mentira. Esto explicaría la reacción tan dura que tiene tras la lectura del relato elaborado por Bilinbin “La victoria de Teodósia” (hacía quien había experimentado un cierto nivel de complicidad durante las conversaciones con él). Nina no acepta que Bilibin utilice los hechos de la represión sufrida por el pueblo y por él mismo (los trabajos forzados en la mina y demás tropelías) poniéndolos al servicio de modo tergiversado para alabar las bonanzas del régimen, representado por Teodósia; no comprende ni acepta que Bilibin utilice estos hechos, cuando aún se está ultrajando a la población (habitantes de Bikovo, detención de Wetsler, etc). Le recrimina su falta de dignidad, podría haber permanecido callado como hacía ella; aunque luego reflexiona y le pide perdón mentalmente a su amigo: “No tenía derecho a exigir de usted la verdad”…. “A mí no me han molido a palos durante la noche,…”.

Coincido con la apreciación de Pi de que todo el relato está impregnado de sensibilidad, intimidad y poesía; yo añadiría también de empatía, claro que la empatía podría estar incluida en la sensibilidad de la que habla Pi. Empatía que demuestra la protagonista al relacionarse con los demás, tanto con los compañeros de estancia en la casa de descanso –supuestamente cultos- como con los habitantes del pueblo de Bikovo (Liolka, Lidmila Pavlovna) y los pasajeros del vagón de regreso a Moscú -menos cultivados en las letras-; Nina va escuchando las conversaciones de los pasajeros, y va haciendo suyas sus esperanzas y sobretodo sus desdichas -que por desgracia era lo que más abundaba en la URSS de aquellos años- y expresa de modo magistral esa empatía: “<Rusia patria mía>,… Si pudiera sumergirme bajo el agua con ellos y ver lo que ellos ven… Eso sí que sería una verdadera inmersión…”

En cuanto a la forma de contar diría que utiliza un lenguaje sencillo pero al mismo tiempo conciso y preciso, que transmite muy bien los sentimientos de los personajes; sirva de ejemplo el siguiente párrafo: “El bosque ya no vivía para sí mismo, para su vida secreta a solas con la nieve, el viento, las nubes, sino que existía para nosotros: para conservar en la nieve las huellas de nuestros pasos, a veces borrarlos con una ventisca, o llenarlas de agua...”.

El relato está impregnado de poesías, de citas de poetas clásicos (Pushkin, Baratinski, Aleksand Blok) y actuales (Pasternak, Solomón Mijoels, etc); haciendo la lectura muy llevadera e interesante. Me parece muy acertada la apreciación de Pi sobre la poesía “…intentar desentrañar el misterio de la poesía es como tratar de descubrir el alma haciendo la autopsia de un cuerpo”. Francamente una gran novela.

Enrique

Comentario.- Por Javi Losada.

Antes de nada, agradecer también a Mª José por la elección de este libro. Al igual que el resto he disfrutado mucho leyendo esta novela; a simple vista sencilla, se descubre enseguida como una luminosa crítica al régimen soviético. Lo de luminosa debe ser por el reflejo constante en la blanca nieve, y las acertadísimas referencias a poetas y poesías que permiten reconstruir el ambiente de la época con una belleza impropia. De cualquier modo, coincido con Paco, es una obra cargada de Sensibilidad, Intimismo y Poesía.

No deseo hacer una descripción de la obra, puesto que me parece que las valoraciones del resto de compañeros son más que acertadas, y atendiendo a los reclamos de debate de algunos presentes, quería resaltar varios puntos del libro que me han resultado muy llamativos:

Primero, señalado en la página 37, un pasaje en el que se encuentran el periodista, Serguéi Dmítrievich, Bilibin y Nina dando un paseo por el bosque mientras comentan, entre otras cosas, el hermetismo de la poesía de Pasternak. La suficiencia y desdén con que el periodista se refiere a la obra del poeta desencadena un alegato precioso de la protagonista sobre lo que considera poesía, que concluye como sigue: “[…]A fin de cuentas el poeta va por delante de nosotros. Él es una creación de este bosque, de esta lengua, de este pueblo, y ha sido proyectado lejos, al porvenir. Tan lejos que ha desaparecido de la vista de quienes allí lo enviaron. Y nuestro cometido, el de aquellos que sabemos leer, es intentar, en la medida de nuestras fuerzas, comprenderlo […] Pero faltamos a nuestro deber y traicionamos al poeta […] Decimos con orgullo: ‘¡No lo entiendo!’, pero, en el fondo, ¿Qué razón hay para enorgullecerse de ello? ‘Hay que estar de acuerdo con el genio’, escribió Pushkin.”

En este alegato, Nina defiende la autonomía creativa del autor, y critica abiertamente la línea de pensamiento oficial del régimen, que considera que toda creación artística debe ser un ejercicio subordinado, un elemento más de la propaganda estatal para ensalzar los logros de la URSS. El arte relegado a una faceta puramente instrumental. El artista como obrero al servicio del “pueblo”.

La defensa de la autonomía del artista por parte de Nina me parece de una belleza súbita, sobre todo por hacerlo en los términos que los hace, con la elegancia que lo hace, sin levantar sospechas de disidencia.

Otro de los puntos que más me han marcado es el fuerte antisemitismo asentado en la sociedad que se percibe en la obra. Esto es una apreciación personal fruto de mi desconocimiento absoluto por los pormenores del régimen, pero me sorprendió fuertemente que existiera una corriente abiertamente antisemita estando tan reciente la segunda guerra mundial. Habiendo luchado, además, contra el nazismo con unas consecuencias tremendas en términos de capital humano (si no recuerdo mal, la URSS perdió más población que ningún otro estado en la II Guerra Mundial). Cómo digo soy un gran desconocedor del día a día en la URSS, y me choca que, tras una lucha tan encarnecida contra el fascismo, se reprodujeran los mismos vicios apenas una década después. Aunque sí que he leído con ansia a muchos de los teóricos del socialismo soviético, nunca me había interesado por la rutina del régimen.

A pesar del constante ambiente opresivo que se percibe en el libro, descrito magistralmente y casi de soslayo por la autora, es el fenómeno antisemita el que más me ha marcado, dejándome un sabor bastante amargo al acabar la lectura. Esto se debe, quizá, a mi (cada vez menor) romanticismo por el marxismo (el de Marx únicamente), que entendía que el comunismo era sinónimo de justicia social. Por suerte, este tipo de simplificaciones las he ido desterrado de mi discurrir lógico, pero, sin embargo, aún hoy en día, fenómenos como éste, el del antisemitismo en la URSS, chocan con algunas de mis verdades más profundas.

Por último, para cerrar, y dejar espacio al debate, quería señalar uno de los aforismos extraídos del pasaje en el que Bilibin le enseña su nueva novela a Nina, y esta, terriblemente decepcionada, lo trata de impostor e indigno. “El silencio es digno, la mentira no”, vendría a decir. Y aunque Nina se muestra claramente arrepentida por su comportamiento con Bilibin, no deja de rondarme la cabeza esta idea, ¿es realmente el silencio más digno que la mentira? Como la propia Nina dice un poco más adelante, cómo podría ella juzgarlo si no ha sufrido las palizas y el aislamiento al que él se vio sometido. Cuando se trata de sobrevivir, ¿existe moral? y si la hubiera, ¿por qué la omisión tiene una categoría superior a la mentira explicitada? ¿Qué hace del silencio de Nina algo digno cuando ella vive tan sometida como lo hace Bilibin?

Javi Losada


Lo peor.- Por Paco

Lo peor de estar todos de acuerdo sobre un libro es que es difícil debatir sobre él. Y aunque yo tengo propensión a discutir hasta conmigo mismo, mi psiquiatra de cabecera me lo tiene prohibido por riesgo de esquizofrenia…

A falta de debate, nos queda la glosa, que puede servir para recalcar, matizar o ampliar algunas de las cosas que se han dicho.

Empecemos con el idioma ruso, que es muy difícil. Sin duda, escribir el nombre de la autora como “Lidia Chukovskaya” es una convención para los lectores occidentales, pero ¿deberíamos decir  Лидия Чуковская? Yo me resisto. Aun así, nuestro amigo Enrique, que conoce Rusia, persiste en llamarla Chocovskaya, él sabrá por qué.

Sigamos con la cuestión de “la habitación propia” que suscita Marina. Espero que de esa aspiración, que en este caso tiene como contexto el crónico problema de la vivienda en la URSS, no se nos excluya a los varones por el hecho de serlo. Es cierto que las señoras no tenían un cuarto de trabajo propio in illo tempore, igual que cuando era yo adolescente había de compartir el cuarto con mi hermano, pero, bueno, ya sabéis eso de que “cualquiera tiempo pasado…”

Ya más en serio, ampliar un poco lo que dice Marina sobre Errata naturae, porque justamente me llamó la atención en la última Feria del Libro la cantidad y la calidad de “pequeñas editoriales” que presentaban una oferta muy variada e interesante. Puedo mencionar algunas como Gatopardo, Gallo Nero, Barlin o Eneida, pero había muchas más, con traducciones y ediciones de autores poco conocidos pero bien reputados, y de exquisita presentación.

En fin, del antisemitismo en la URSS algo hay que decir. Tal vez, atenuar el matiz “comunista” señalando que el antisemitismo es una constante en Europa Oriental desde tiempos remotos, y que el régimen de Stalin no lo inventó, aunque lo utilizó como uno de sus instrumentos menos impopulares. Lo que me interesa es hacer ver que lo que se atacaba oficialmente era el “cosmopolitismo” o el “internacionalismo”, como ahora se ataca el “sionismo”. Los nazis, al menos eran antisemitas congruentes. Los otros son vergonzantes.

La cuestión que suscita Javi es, sin duda, digna de algún debate. Y no me refiero sólo a la cuestión de qué sea más digno si el silencio o la mentira, sino que todo el enfrentamiento final entre la protagonista y Bilibin es interesante por ser, precisamente, ambiguo. Esa ambigüedad es, además, una cualidad literaria, y las alternativas del sentimiento de la narradora son tan verosímiles como artísticas.

Pero, en cuanto a la dignidad, no hay una “escala Richter” para ella y es imposible medirla. Por si sirve, ofrezco un método casero para estimarla, válido para otras cuestiones “morales”: la estética. Hay cosas que se puede dudar si están bien o no, pero uno percibe que “son feas”. Claro que esa estimación es subjetiva y, como toda estética, susceptible de educación, es decir, que se puede tener “buen gusto” o “mal gusto”. Pero no deja de ser una percepción que todos tenemos y puede ser orientativa. Y no sólo de lo que dicen o hacen los demás, sino de nuestros propios actos o palabras.

Yendo a la Historia, escritores que yo estimo muy dignos sobrevivieron en la URSS escribiendo cosas que se apartaban de todo compromiso político (a favor o en contra) como novelas de aventuras o históricas, o recuerdos. Y algunos complementaron su silencio sobre verdades desagradables con acciones prácticas de apoyo, no siempre silencioso, a sus compañeros perseguidos. El caso de la Chukovskaya no fue único.

Pero, incluso en la mentira (o propaganda) hay una considerable distancia entre los peores poemas de Maiakovski y el que compuso eso de “Stalin es el mediodía, la madurez del hombre y de los pueblos” cuyo nombre me callo, porque, además de ser un gran poeta, ni siquiera era ruso, y no corría peligro por no tocar la zambomba.

En fin, comparad al rapsoda con esa joven judía de “Vida y destino”, la novela de Vassili Grossman, que decide callarse pese a saber que si declara que es médico se salvará del horno crematorio al que se la destina (aquí son los nazis los que “trabajan”). ¿Es el silencio más digno? Se diría que a menudo.

Paco 

 


Comentario.- Por Alejandro

Para empezar dar las gracias a María José por haberme permitido disfrutar de esta autora, para mi completamente descocida a la que volveré. En mi opinión esta novela deberían recomendarla los profesores a sus alumnos en los colegios porque es una inmersión en la honradez, el buen gusto, la delicadeza y la limpieza de mente y por tanto un antídoto contra la zafiedad, la grosería y el descaro.

La novela me ha gustado tanto en el fondo como en la forma, su brevedad ( no se puede decir más y mejor en tan corto espacio), la descripción de los paisajes, los bosques y los caminos nevados, sus rincones llenos de paz y tranquilidad, el abeto frente a su ventana.

Es de agradecer la intercalación de fragmentos de poemas de autores rusos, muchos de ellos que yo no sabía ni siquiera que existían, como por ejemplo Nekrasov.

“Aullaba la ventisca furiosa

La nieve azotaba la ventana

El sol amaneció afligido

Para ser testigo esa mañana

De una desolada estampa “

Y muchos otros que hacen honor a la cita de Tolstoi que abre el libro.

Cuando comencé a leer la novela , pensé que sería una pequeña mezcla de “La montaña mágica” y “Vida y destino” de Vasili Grossman ( autor citado en Inmersión), pero nada más lejos de la realidad, Chukovskaia con una prosa límpia y sencilla, sin estridencias ni exageraciones, nos introduce en la atmosfera asfixiante y vacía de moral y respeto a la dignidad de las personas del régimen estalinista. En mi opinión describen mucho mejor el terror del estalinismo escenas como la narrada por Bilibin sobre su detención y la vida de los prisioneros en la mina, en particular el momento en que uno de ellos es destrozado por el pastor alemán, o la experiencia de Nina en la Casa Grande, que cualquier panfleto o libro de historia.

Lo mismo ocurre con los comentarios de los protagonistas, que van retratando los diversos tipos de individuos que se van configurando entre la población rusa durante el régimen policial soviético. Así, la petulancia y el dogmatismo de los instalados, como en el caso de Klokov que considera que la detención de un escritor por la policía política, por si sola, constituye una prueba irrefutable de su culpabilidad o de Dmitrievich que es capaz de pasar sin solución de continuidad de la amistad a la delación.

Hay en la obra numerosos ejemplos del rigor implacable a que estaban sometidos los intelectuales, así el editorial de la revista Literaturnaia gazeta “Hay que admitir que en la revista Znamia se ha rebajado la calidad ideológica y artística de sus artículos y se han publicado obras ideológicamente perniciosas y discutibles en el plano artístico, que atufan a cosmopolitismo y a desviaciones formalistas”, en otro momento se juzga la afición por Flaubert y Stendhal como prueba de actividades contra el pueblo. En definitiva una situación en la que se considera sospechoso todo aquello que no se dedique a adular al partido Bolchevique y alabar los beneficios de su política.

Otro grupo es el de aquellos que han sido represaliados y que de ninguna manera quieren volver a pasar por los mismos sufrimientos, como Bibilin, lo que le hace no solo abstenerse de la menor actitud crítica sino convertirse en un incondicional apologista del régimen. El miedo se interioriza de tal manera que por regla general se justifica dicha actitud “Que se le va a hacer…- dijo él en tono conciliador sin poder reprimir un suspiro- Ya sabe, un hombre que tiene familia no puede asumir riesgos”

El grado de alienación de gran parte de la población rusa, queda representado a través de Liudmila Paulova, que culpabiliza de la deportación de su hermana a “una pandilla de vagabundos sin pasaportes, traidores a la patria” por cuya culpa personas honradas se ven abocadas al sufrimiento, eximiendo de toda responsabilidad a los cuerpos de seguridad y a la represión sistemática del poder político.

Por fin están aquellas personas como Nina que llevan una vida paralela a la de la mayoría, que si bien no tienen una actitud abiertamente militante contra el régimen porque están indefensas contra “ la vulgaridad, la grosería y la delación”, si que mantienen una actitud de dignidad y no colaboración con la continua loa al régimen de gran parte de las personas con las que se relacionan.

Particularmente emocionante me parece la manifestación de arrepentimiento de la protagonista, tras haber llamado cobarde y falso testigo a Bibilin, “perdóneme”, “yo no tenía derecho a juzgarle”, reconociendo que mientras él estaba sufriendo ella guardaba silencio, lo que considera que la inhabilita para echarle en cara la falsificación de su experiencia.

Por lo demás está todo dicho en los comentarios de los compañeros de tertulia. Coincido con el último que ha llegado en que en la solución al interesante problema planteado por Javi, podemos apoyarnos en la estética, ya decía Wittgenstein que “ética y estética son lo mismo” ambas están relacionadas en la actividad cotidiana de las personas, en la forma de tomar decisiones y en la puesta en práctica de ideas y proyectos. En el supuesto que nos ocupa, la narración tergiversada y cambiada completamente de sentido de su paso por la mina, para de esta manera convertir lo que debiera haber sido un alegato contra el estado policial en un panfleto de propaganda de las bondades del bolchevismo, no puede sino parecernos “feo”, desde luego mucho más feo que el silencio de Nina.

Por último coincido con Paco en su resumen de la novela: una delicia.

Alejandro 


Comentario de cierre. María

Cierto es que cuando una obra ha gustado y tanto bueno hemos escrito, poco voy a añadir.

La novela está escrita desde la serenidad, es una denuncia social, económica, psicológica del momento desde una perspectiva no de aceptación pero sí de intento de comprensión. En cuanto a Nina, ella misma se ha beneficiado de un programa. No empatiza con las personas pero sí con sus situaciones. Su actitud siempre es comprometida.

Tal vez en cuanto a la apreciación subjetiva destacaría los tres puntos de Enrique: Sensibilidad, intimismo y poesía. Tres aspectos que definen la novela en sí.

El relativo optimismo que refleja Paco: “Por extraño que parezca esa noche dormí” dice Nina cuando conoce el destino de su marido.

Marina: llegará a la compasión “Me apiadaba de él, de mí misma y de todos” Rusia patria mía.

Javi: “¿Es realmente el silencio más digno que la mentira?”.

Alejandro: El miedo se interioriza de tal manera que por regla general se justifica la actitud. “Qué se le va a hacer… dijo él en tono conciliador…”

Nina se representa a sí misma, ha asumido su rol y lo expresa mediante un sencillo, profundo y bello relato. 

María